Andamos estos días, como desgraciadamente nos obliga a la administración cada dos por tres, de saneamientos. Y como la naturaleza no entiende de plazos ni de burocracias, ha empezado la paridera.

Andaba en la mañana la Lloroncita, la 46 del 4, haciendo honor a su nombre, berreando por los corrales, cuando el vaquero, Kiko, se dió cuenta de que tenía la ubres hinchadas y sangre en las nalgas. “Esta vaca ha parido” es lo único que dijo.
Las vacas habían sido movidas de su cercado para llegar a la mangada y al cepo y quedarían allí dos días hasta que se leyese la tuberculosis tras el pinchazo del veterinario.
Como buen hombre de campo, cuando acabó la tediosa faena del saneamiento, cogió el coche y fue al cercado. Como buen padre, al que le gusta compartir tiempo y vivencias, montó a su hija Elena junto a él. Anochecía, hacía frío y tenían poco tiempo para dar con el choto.

Fueron los ojos vivos de la niña la que pronto descubrieron al “Lloroncito”, primer parto del 20, el hijo de la Lloroncita, la 46., el segundo parto, aún no hemos tentado la hembra que parió de primeriza el año pasado, dijo Kiko. Entre la jara estaba echado y Elena corrió a cogerlo, desamparado y triste tras las casi 12 horas de abandono. Esa es la foto que ilustra la anécdota.
Llegaron al cercado de la mangada y allí lo acercaron a la manada y pronto a la madre le pudo el instinto y salió de la piara y fue a por él, que se enganchó ansioso a la teta.

Es una historia sencilla, como es sencilla la vida del campo, pero habla de la grandeza de la gente que lleva el toro en sus genes.

“Se hacía tarde para hacer las tareas del cole y cenar, pero lo primero es atender ganado”, decía nuestra pequeña vaquera, Elena, muerta de frio mientras daba calor al becero.

Gente sencilla gente con grandeza. Gente de campo. Futura gente del toro que nos honra.