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@PeredaDehesilla

"Temeroso" y Fandiño, la bravura y el toreo con el campo por testigo

Era el broche de una íntima tarde de tentadero en La Dehesilla. De machos, en este caso. Ante tres se puso hace unos días Iván Fandiño en ese intenso proceso de preparación en el que no cesa el torero de Orduña de cara a una temporada, ya iniciada, pero que tiene puestas en él muchas miradas. Los dos primeros toros permitieron a Fandiño disfrutar y pensar casi a partes iguales. Aunque lo mejor estaba por venir...

 

Saltó a la plaza Temeroso, un cinqueño herrado con el hierro de José Luis Pereda y marcado con el número 165. Fuerte y hondo pero a la vez reunido. Bajo de cruz, hecho cuesta abajo, con los rizos del invierno coronándole una mirada de nobleza que fue el mejor anticipo de lo que podía pasar. Con esas hechuras y esa expresión, el toro tenía que embestir... Y lo hizo desde el principio, desde el recibo muy templado con el capote de Iván Fandiño, que lo lidió perfecto. Templándolo mucho desde el primer encuentro, acariciando cada torrente de embestida. Casi sin esfuerzo, con un oficio y una capacidad muy definitorios del momento que vive este torero. Más a gusto en cada lance, comprobando en cada uno que el toro iba a servir. 

 

Los dos encuentros con el caballo que montaba Juan Antonio Carbonell encendieron más la llama de la expectación. Sobre todo el segundo. Convencido, el piquero pidió al matador que lo pusiera de largo. Y pronto, a la primera llamada, y a galope acudió el de Pereda con una alegría y una entrega que arrancaron un ¡¡¡bieeeennn!!! hondo y al unísono que zarandearon las encinas de La Dehesilla. Carbonell lo agarró perfecto y el toro humilló empujando de verdad con los dos pitones hundidos en el peto. Sin un solo gesto de rectificación ni de defensa. Reconocimiento hacia el picador, admiración que iba a más para con un toro generoso.

 

Iván Fandiño tomó la muleta aún con más seguridad, se puso con la derecha, ofreciéndole al toro toda la panza, con mucha distancia, citándolo con autoridad y embebiéndolo en la muleta para conducir toda aquella codicia, toda esa bravura, en pases ligados sin prueba alguna, cada uno de ellos más exigente por rematados por abajo. Y Temeroso respondió siempre al reto sin duda alguna: muy pronto, galopando, entregado en la embestida y yéndose detrás de los vuelos hasta donde éstos desaparecían. Codicioso se volvía en busca de más, y más toreo le daba el torero y más bravura que devolvía el toro. Así, en varias tandas en redondo, al término de cada cual, Fandiño narraba a los presentes y sin irse nunca de la cara cada matiz técnico que iba a poner en práctica a continuación. Una delicia... Lloviznaba como si alguien estuviera bendiciendo el momento...

 

Le costó más al de Pereda por el pitón izquierdo. Humilló menos. Le costó algo más. Le faltó un punto más de toda la clase que derrochaba por el derecho. Pero fue sólo en la primera serie porque ya en la segunda el toro se pareció más a sí mismo y a todo lo que estaba haciendo. El maestro tiró de maestría. Cosas del oficio que es la magia de torear. Cada muletazo fue siempre un derroche de entrega del cinqueño y de toreo del matador. Y los remates de las series, la confirmación de lo mucho que Iván Fandiño disfrutaba. Sedosos los del desprecio, soberbios los de pecho...

    

Ni una nota sobre su toro tomó el ganadero. Tampoco le hizo falta: el espectáculo era para gozarlo, para paladearlo y para no perderse ni un solo matiz de tanta bravura y de tanto toreo. José Luis Pereda lo iba anotando todo en su mente y en sus retinas. La conclusión era clara: "¡Temeroso es toro de vacas!" Hace sólo unos días quiso un ganadero reseñarlo para una corrida. El ganadero dijo que no, que ese toro se quedaba en su casa. Cuestión de pálpito. O mejor, de sabiduría, de saber uno lo que se trae entre manos. Por eso Temeroso ya no saldrá de La Dehesilla.


Felicitaciones, sonrisas, parabienes, comentarios que se sucedían apasionados y apasionantes, matices que sólo ven los profesionales, los toques, la distancia, el temple, la felicidad del torero, la admiración del apoderado, la satisfacción de los ganaderos, la plenitud de quienes, ante toros como Temeroso, confirman que cada vez están más cerca de lo que siempre buscaron.

 

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